
La protagonista de Confesiones de una compradora compulsiva, Rebecca Bloomwood (Isla Fisher), es la perfecta adicta a las compras de esta época de crisis económica. Tiene una deuda de cinco dígitos y está en una situación laboral inestable, pero no puede parar de gastar en las mejores boutiques neoyorquinas. Por si esto no fuera suficiente pintoresco, la protagonista es una exitosa columnista de consejos financieros, a pesar de su más que delicada situación económica. Además, Rebecca Bloomwood está enamorada de su atractivo y rico jefe, Luke Brandon (Hugh Dancy), un romance insustancial que se queda entre la tarde de compras de Julia Roberts y Richard Gere en Pretty Woman y el periodismo prêt-à-porter de El diablo viste de Prada.
Confesiones de una compradora compulsiva es la insípida adaptación cinematográfica del director australiano P.J. Hogan de los best-seller Loca por las compras y Loca por las compras en Manhattan de la escritora Sophie Kinsella. A pesar de que el realizador es un experto en las comedias románticas (su película La boda de mi mejor amigo se convirtió en todo un referente dentro de este género), Hogan no ha sabido trasladar al cine la frescura e ironía del libro.
Esta vez el director únicamente ha reunido en una misma película la mayoría de los tópicos elementos de la comedia romántica, pero no ha conseguido unirlos armónicamente. Hogan ha pecado de codicioso al querer tenerlo todo: el lujo de Sexo en Nueva York, el romance de Bridget Jones y la comedia de Una rubia muy legal, pero no le ha dado un buen resultado. Y es una lástima porque el cineasta disponía de una excelente materia prima: la responsable de vestuario de Sexo en Nueva York, veteranos actores como Joan Cusack o John Goodman y el éxito editorial Loca por las compras. Igual que Rebecca Bloomwood se decepciona al descubrir en la etiqueta de un fular 95% acrílico 5% cachemir, el seguidor de la colección de libros se desilusionará al comprobar 95% farsa 5% adaptación.
Confesiones de una compradora compulsiva es la insípida adaptación cinematográfica del director australiano P.J. Hogan de los best-seller Loca por las compras y Loca por las compras en Manhattan de la escritora Sophie Kinsella. A pesar de que el realizador es un experto en las comedias románticas (su película La boda de mi mejor amigo se convirtió en todo un referente dentro de este género), Hogan no ha sabido trasladar al cine la frescura e ironía del libro.
Esta vez el director únicamente ha reunido en una misma película la mayoría de los tópicos elementos de la comedia romántica, pero no ha conseguido unirlos armónicamente. Hogan ha pecado de codicioso al querer tenerlo todo: el lujo de Sexo en Nueva York, el romance de Bridget Jones y la comedia de Una rubia muy legal, pero no le ha dado un buen resultado. Y es una lástima porque el cineasta disponía de una excelente materia prima: la responsable de vestuario de Sexo en Nueva York, veteranos actores como Joan Cusack o John Goodman y el éxito editorial Loca por las compras. Igual que Rebecca Bloomwood se decepciona al descubrir en la etiqueta de un fular 95% acrílico 5% cachemir, el seguidor de la colección de libros se desilusionará al comprobar 95% farsa 5% adaptación.

En la adaptación cinematográfica, Londres se ha cambiado por Nueva York y, como consecuencia, el argumento se ha americanizado. Se ha perdido el sutil humor británico y Hugh Dancy ha querido, sin éxito, ser Colin Firth. En un intento de interpretar un gentleman inglés, se ha quedado en un apático personaje que aburre al espectador. Una apatía que contrasta con la frescura de Isla Fisher, la única interpretación que empatiza y cautiva al público.
Pero la adaptación no es el único elemento que no cuaja en el film, Hogan se queda en el intento al querer fusionar dos típicos ingredientes de Hollywood: el amor imposible y el cuento moral. El primero avanza defectuosamente a partir de enredos y confusiones, de amor a primera vista y celos endebles, de reacciones tópicas y demasiada sensibilidad fácil. El segundo componente es el que intenta trascender el film con un mensaje humano. Con la ligereza y la predicción que caracteriza Confesiones de una compradora compulsiva, la protagonista aprende a anteponer las personas a la ropa que tanto le seduce o a renunciar a su empleo soñado por sus recién aprendidas convicciones personales. Una descarada simplificación made in Hollywood donde todo es posible en un momento y nada aspira a pasar por real.
CHIARA ESPOSITO
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