
En unos tiempos en los que el modo aleatorio de los iPod ejerce una feroz tiranía es cuanto menos arriesgado lanzar un disco como The Hazards of Love (Capitol, 2009). Y es que el último trabajo de The Decemberists es prácticamente imposible de escuchar en esta modalidad (o por lo menos, de hacerlo, su sentido quedaría completamente desvirtuado). Apenas hay una canción a la que podamos atender de manera autónoma ya que el álbum está concebido como si tuviese una sola pista. Es una ópera rock -como en su día lo fue The Wall de Pink Floyd, por ejemplo- y esto es, precisamente, otro de los puntos en los que cabe destacar la valentía de Colin Meloy y compañía.
Esto supone un cambio de estilo en el grupo, aunque algunas de sus señas de identidad estén intactas (el gusto por alargar los temas, separarlos en distintas partes o contar historias). Aquí se desmarcan de una hornada de grupos tales como The National, Spoon o The Shins, de la que hasta ahora formaban parte y que, lo mismo aparecen en el festival alternativo de turno o en la serie de televisión de moda.
Como opera-rock, al disco se le identifican algunos de los elementos claves del género, a saber: un leit-motiv, pasajes recurrentes, distintos personajes y una historia trágica de trasfondo. En este sentido, está francamente bien resuelto. Aunque la trama no es nada del otro mundo (un romance entre una mujer y un cambia formas forestal parecido al que se narraba en The Crane Wife, anterior trabajo de los de Portland publicado en 2006), Colin Meloy se ha sabido rodear de distintas voces que aportan mucho como Shara Worden de My Brightest Diamond, Becky Stark de Lavender Diamond o Jim James de My Morning Jacket.
La elección del título ya es una declaración de intenciones sobre el estilo musical que persiguen. Está tomado de un EP de una cantante de folk inglesa llamada Anne Briggs, cuyas composiciones a su vez sirvieron de inspiración a artistas como Jimmy Page (Led Zeppelin). Y aquí es donde todo empieza a encajar. The Hazards of Love es una mezcolanza a veces interesante, otras demasiado evidente, de una música que se hizo entre los últimos años sesenta y los primeros setenta. Por el disco desfilan influencias como los propios Led Zeppelin, Jethro Tull, Deep Purple, Iron Maiden o hasta Supertramp. Es de agradecer que por lo menos no se escondan de esto. De hecho, en su reciente actuación en el marco del prestigioso festival tejano SXSW, pusieron “Echoes” de Pink Floyd en los prolegómenos del concierto.
Colin Meloy parece tener un cierto ánimo de tomarse a sí mismo demasiado en serio, como si quisiese ser el Bono del indie. El disco respira una presuntuosidad que algunos sabrán tolerar mejor que otros (si se lee la biografía del grupo se puede observar este gusto por la grandilocuencia, ya que comentan que se conocieron en un baño turco). Con todo, sus fans seguramente agradecerán un disco tan rico sonoramente como éste y tan agradable de ver en directo, pero desde luego, no van a conseguir nuevos seguidores.
ÁLVARO G. MONTOLIU
Esto supone un cambio de estilo en el grupo, aunque algunas de sus señas de identidad estén intactas (el gusto por alargar los temas, separarlos en distintas partes o contar historias). Aquí se desmarcan de una hornada de grupos tales como The National, Spoon o The Shins, de la que hasta ahora formaban parte y que, lo mismo aparecen en el festival alternativo de turno o en la serie de televisión de moda.
Como opera-rock, al disco se le identifican algunos de los elementos claves del género, a saber: un leit-motiv, pasajes recurrentes, distintos personajes y una historia trágica de trasfondo. En este sentido, está francamente bien resuelto. Aunque la trama no es nada del otro mundo (un romance entre una mujer y un cambia formas forestal parecido al que se narraba en The Crane Wife, anterior trabajo de los de Portland publicado en 2006), Colin Meloy se ha sabido rodear de distintas voces que aportan mucho como Shara Worden de My Brightest Diamond, Becky Stark de Lavender Diamond o Jim James de My Morning Jacket.
La elección del título ya es una declaración de intenciones sobre el estilo musical que persiguen. Está tomado de un EP de una cantante de folk inglesa llamada Anne Briggs, cuyas composiciones a su vez sirvieron de inspiración a artistas como Jimmy Page (Led Zeppelin). Y aquí es donde todo empieza a encajar. The Hazards of Love es una mezcolanza a veces interesante, otras demasiado evidente, de una música que se hizo entre los últimos años sesenta y los primeros setenta. Por el disco desfilan influencias como los propios Led Zeppelin, Jethro Tull, Deep Purple, Iron Maiden o hasta Supertramp. Es de agradecer que por lo menos no se escondan de esto. De hecho, en su reciente actuación en el marco del prestigioso festival tejano SXSW, pusieron “Echoes” de Pink Floyd en los prolegómenos del concierto.
Colin Meloy parece tener un cierto ánimo de tomarse a sí mismo demasiado en serio, como si quisiese ser el Bono del indie. El disco respira una presuntuosidad que algunos sabrán tolerar mejor que otros (si se lee la biografía del grupo se puede observar este gusto por la grandilocuencia, ya que comentan que se conocieron en un baño turco). Con todo, sus fans seguramente agradecerán un disco tan rico sonoramente como éste y tan agradable de ver en directo, pero desde luego, no van a conseguir nuevos seguidores.
ÁLVARO G. MONTOLIU
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